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La Navidad y la leche
en polvo Sabiñánigo, mi pueblo, se arquea al pie del Pirineo como un expectante lince y clava sus garras en sendos surcos geológicos apelmazados por los milenios. Su lomo se vertebra con un ferrocarril decimonónico que electrizó mi disparatada imaginación infantil al modo que las turbinas del río Gállego colmaban la insaciable vorágine de sus fábricas. Debió de ser el año en que Bahamontes volaba desde Monrepós hacia Jaca como un quijotesco guerrero meseteño: flaco y nervudo, serio y altivo. Yo en realidad no lo vi pues me ocupaba la ímproba, tensa, tenaz y competitiva labor de recoger los bidones de agua arrojados por los ciclistas a las cunetas; sin embargo todos hablaban de él. Federico debió de cruzar con su "rocicleta" como una gloria imperial de las que nutrían nuestra médula la acartonada enciclopedia "Álvarez" de primer grado ("intuitiva, sintética y práctica"). También debió de ser entonces cuando tanto Balduino como Fabiola debieron de asentar geográfica y definitivamente sus vidas, pues en "las nacionales" decíamos: "Los puntos cardinales son cuatro: Cocacola, Pepsicola, Balduino y Fabiola"... Por entonces, aquel amor romántico y regio, apoyado sobre una extraña y lúdica rosa de los vientos, dejaba entrever una omnipresente matrona que nos amamantaría con delantal de barras y estrellas a los niños nacidos en los cincuenta. De aquella inmaternal y escolar nana de la leche en polvo despertamos cuando la señora de las grandes ubres tornó en amazona de napal y fuego en Vietnam. Aquella leche no alimentaba nada, lo que en realidad saciaba y aportaba fósforo eran los rituales, aspavientos y comedias que hacíamos para tomarla, por supuesto, sumados a aquel cariño multiplicador de nuestras madres que elevaban la pobreza a la digna categoría de supervivencia. El "pan de pajaricos" era las sobras de la comida que mi querido padre volvía a casa con sentido místico y lúdico, ¡Aquello si que alimentaba!. ¡Aquel pan untado con frituras engordaba por sus flujos emocionales!. En cambio, la leche en polvo sólo alimentaba nuestra imaginación; en realidad era un pretexto para pasarlo mejor en la escuela. Aquel año, tras más de veinte de resaca de guerra civil, con el sonsonete de la Pirenaica y de la Pasionaria anunciando la vuelta del maquis con el Campesino, la leche en polvo aumentó en mi pueblo el cuajo blanco de unas frías navidades. Don Felipe, el maestro de las nacionales, anunció que la leche en polvo llegaría en las vacaciones por tren. Aquel joven y eficiente pedagogo era en sí mismo un desconcertante sinsentido para mi mente enciclopédica: ¿Cómo podía un maestro ser rubio, de ojos claros y tez blanca en la curtida piel de toro oscura e ibérica?. -"¿Sería tal vez un celta... ?"-. No sé por qué a mí los íberos me parecían más legales y oficiales, más joteros y valientes. Seguramente sería la imagen carpetobetónica del Caudillo la que canalizaba mi lógica, elevando a lo sublime la pequeñez del cuerpo y la negrura de los cabellos ibéricos. Para mí aquel año la estela navideña comenzó para Santa Lucía, el 13 de diciembre: Don Felipe nos dió un bocadillo de chorizo y una naranja "de gloria". Por la tarde fuimos todos al Cine Escalar para ver "Los ciento y un dálmatas" de Walt Disney, un maravilloso primer encuentro con el cinematógrafo. La monotonía de las filas y del pegajoso olor escolar se quebró bruscamente aquel día rebosante de magia. Todo había comenzado con una deliciosa naranja y alcanzaba el climax por las calles de un Dublín invernal cargado de ternura canina. Pero como cuando la magia infantil se arracima todo es maravilloso, la sesión acabó con la sorpresa de una nevada ya cuajada que caía todavía con quietud y aplomo. El camino hacia casa por el Paseo de la estación fue algo inolvidable. Mis radidas botas abrían surcos por blancas dunas que hacía poco eran montones de graba de Obras públicas. La nieve realzaba una iluminación ordinariamente mísera que en la lejanía dejaba entrever la luz del hogar y los efluvios de una cena y un placentero sueño almidonados por el calor materno. Las navidades aportaron asueto y fortalecimiento a las pandillas: la que campaba por Casa Latas y la Pardina, la del Cuartel, la de la Tulibana, la de las Casas Baratas... Entrando en este nivel, mi pueblo era una compleja red de reinos de taifas donde el "Jarach" se pagaba con la inusual hospitalidad musulmana de la pedrada. Sin embargo aquellas navidades el Profeta y nuestro maestro nos aunaron tras un codiciado botín: la leche en polvo. Durante días verla llegar en tren fue toda nuestra obsesión. Un buen día la estación se llenó de soldados esquiadores cargados de jerga y actitud racial -ya se sabe: "Carrascal que bonita serenata", entre la tropa; "Margarita Rodríguez Garcés", entre los de milicias... Total: "¡que con ellos debía de venir la leche en polvo!". Además aquel día yo no iba con mi vecina, que otras veces me pellizcaba cuando me volvía para interpretar los ininteligibles piropos hormonales de los soldados mientras ella se ruborizaba. El sobrestante danzaba nervioso por el andén de la estación acosado y abrumado por la tupida malla de correajes, galones y estrellas. Sin embargo, de ordinario era muy cariñoso con nosotros; hacía pocos días nos había enseñado un gran montón de "cacafierro", aquella rugosa escoria de las máquinas de vapor para hacer el belén. Aquel día no, no fue amable: "¡Qué leche en polvo ni polvo de leches!. ¡Fuera crios...!" La frustración y el misterio no se rompió hasta finales de enero, en que Don Felipe nos anunció el día de la Santa Infancia. Al parecer nosotros ya no necesitábamos la leche en polvo y si que la necesitaban los niños asiáticos y africanos. Aquello en un comienzo me cabreó bastante, pero pronto me hizo gracia el pensar en los negritos rebosantes de felicidad y marcados con un imponente bigote blanco de espuma de leche en polvo. Por lo demás aquella desdichada orfandad pronto se vió paliada: enseguida llegó la goma de mascar, y del delantal de la gran matrona de voluminosas ubres fueron saliendo otros "mades in USA". También fue por aquellos días cuando hice un donativo para el bautizo de un niño infiel". En el recuerdo que me dió la Obra misional pontificada decía que se iba a llamar Enrique. Muchas veces he pensado en él -"¡Vaya nombre para que le den a uno los buenos días en la selva!. ¿Vivirá?. Me temo que no... A los del Sur no les llega la leche en polvo ni en Navidad". |